¡De milagro estoy viva! Mi viacrucis por un sistema que te rompe por fuera y por dentro

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Capítulo 1

Primera estación: el dolor.

En el Chocó como en tantos otros rincones abandonados por este país un quebranto de salud puede convertirse en un asunto de vida o muerte. Vengo para contarles que sobreviví. Podría decir que fui una víctima, pero no voy a narrarlo desde ahí; quiero contarlo desde adentro, desde mis entrañas, tal como lo viví, pues, aunque lo sufrí y estuve en grave riesgo, reconozco que una parte de mí me condujo a todo eso y más adelante lo explicaré. Aun así, ante un malestar, un quebranto de salud, un dolor, el sistema de salud tiene una responsabilidad que debe cumplir a cabalidad y a mi parecer no lo hizo.

Comienzo por decirles que me rompí por dentro, con previo aviso, y como no hice caso, el dolor vino a hacer su trabajo. El siete de marzo en horas de la mañana comencé a sentir un malestar estomacal leve, a medio día incrementó.  En la tarde el malestar se vistió de dolor, y en la noche ya era un asunto insoportable. Decidí consultar por urgencias; me había resistido desde temprano porque subestimé lo que el dolor me estaba anunciando. Avisé por el chat a dos amigas, – chicas tengo un dolor insoportable, me voy para urgencias-. Llamé un taxi y le dije a Marcus, mi hijo de 12 años, que esperara a la tía (una prima que vive con nosotros) mientas iba a urgencias y ya regresaba.

Llegué al servicio de urgencias en Confyr, la IPS en la que se atiende a los usuarios de Sanitas EPS.  Mi amiga Janeth Terán acudió para acompañarme luego de ver mi mensaje en el chat. El médico de turno esa noche me remitió de inmediato al hospital San Francisco, el único hospital de segundo nivel con que se cuenta en esta región. El dolor ya no me dejaba respirar.

En la sala de urgencias del hospital no había mucha gente, minutos después de llegar me llamaron a la sala de triage, le expliqué al médico lo que me sucede, haciendo énfasis en un antecedente de años atrás en que fui operada por una situación también relativa al estómago. El médico decide ingresarme a observación, poner sonda nasogástrica y hacer exámenes. La acción de colocarme la sonda nasogástrica fue traumática, lo sentí como el inicio de lo peor.

Los exámenes de sangre no arrojaron ningún resultado, el dolor no pasaba, se expandía y cada vez podía explicarlo menos. La sonda lastimaba, incomodaba, daba náuseas y así pasé la noche en la sala de mujeres de urgencias en el hospital que varias veces yo misma nombré el hospital de la muerte. Ahí estaba yo, sin saber qué me iba a encontrar.

La noche fue pésima, el dolor agudo, la incomodidad, el calor, los mosquitos, un ambiente poco óptimo para un cuadro de salud desconocido, o delicado o, de cualquier forma.

Al día siguiente el dolor había menguado solo un poco y aunque estar en esa sala no fue nada agradable me sorprendió que, en horas de la tarde, finalizando el día fui dada de alta. Un par de médicos me visitaron, preguntaron cómo me sentía, -un poco mejor-  respondía, sin querer significar que estaba bien; sin embargo, esa noche del viernes ocho de marzo llegué a casa aún con dolor y sin saber qué hacer “Dolor abdominal resuelto” rezaba en la historia clínica.

El sábado nueve de marzo, recibí una llamada de mi amiga Maruja Uribe; una amiga de ella me vio en el hospital y le comentó. Ella se preocupó, por lo cual me llamó, le conté lo que me pasaba y de inmediato me aconsejó ver a un médico cercano, solicitamos una cita y acudimos. Valoro cuando nuestras redes de información y solidaridad se activan para momentos como éstos, que es para lo que siempre deberían funcionar.

El doctor me revisó, por una consulta anterior de hace un par de años conocía de mi antecedente de bridas. Al revisarme encuentra que tengo muy poco movimiento en los intestinos, podría ser otro episodio de las adherencias que sufrí hace más de 10 años, pero recomienda esperar, consumir una fruta que me sirva para hacer digestión y no usar analgésicos para no enmascarar el dolor. Pasó ese día, pero el dolor no. La angustia se convirtió en ese momento en una sombra que nubló mi mente. Mi segunda madre, la hermana de mi papá y matrona de la familia vino a mi rescate, como siempre.  Con sus cuidados a base de remedios caseros, heredados de la sabiduría de los viejos, me calmó un poco.  Sin embargo, un golpe fuerte causó otro dolor inesperado, la muerte de la tía Ivón, su cuerpo sería trasladado a Condoto, mi pueblo natal. El momento era confuso, mi mamá tuvo que regresarse a Condoto y yo me vi forzada a elegir uno de los dos dolores para lidiar.

A pesar de que el agudo dolor abdominal no daba tregua no lo dimensionaba y hasta ese momento nunca lo escalé al nivel un nivel gravedad, de vida o muerte, pero sentía que algo me sostenía, aun cuando paralelamente no lograba ver más allá de lo que sucedía, ni hasta donde llegaría.

Tenía temor de volver a urgencias en el hospital, pero tampoco tenía en ese momento certeza de poder viajar, porque acá en el Chocó para quienes tienen la posibilidad (o privilegio), en caso de un asunto de salud importante, no se piensa en otra cosa que irse para Medellín. La desconfianza en la prestación del servicio de salud en la región es bastante grande y lamentablemente hay pocos argumentos a favor que puedan dar una perspectiva diferente a esa realidad.

Sin estar muy consciente de ello, me resistía a tener que salir del departamento por un tema de salud que no debía ser tan complicado, – ¿Cómo es posible que me tenga que ir para Medellín por un dolor abdominal? – pensaba. No sabía qué hacer, pero sentía que tampoco se trataba de escalar hasta allá, entre otras cosas por razones de dinero y de mis ideas acerca de los privilegios. ¡Menudo absurdo! Era una cuestión de salud y yo enredada en mis ideas políticas. Pero resulta que, aunque no tenga una solución en mis manos, me importan muchos de los problemas y situaciones extremas que se viven en mi departamento.

El lunes 11 de marzo en la mañana volvimos a ver al doctor, no había cambios y era hora de volver a urgencias o consultar a otro especialista. Urgencias no era una opción. Así que otra vez, activando las redes de familiares, amigos y solidaridad contactamos a otro cirujano, endoscopista.

El doctor me recibe en su consultorio, en una clínica privada, escucha atentamente y procede a realizar la revisión. Al tacto el médico percibió una posible masa en el lado derecho. Mi dolor no se concentraba en un punto específico, y eso hacía un poco más complejo detectar que se trataba, sin embargo, el médico analizando todos los antecedentes y con el hallazgo de su tacto recomendó hacer un TAC abdominal. Por ser este un examen costoso, sugirió consultar en mi EPS; escribió una historia, con sus observaciones y recomendaciones, “muéstrele esto al médico que la atienda, es urgente”, me advirtió.

Habían pasado varios días, el malestar aumentaba, me costaba respirar, me costaba caminar, el dolor se agudizaba, comenzaba a desesperar. Con las recomendaciones del médico especialista, acudo al servicio de urgencias de nuevo en Confyr. Durante la espera, necesito usar un sanitario, pero me informan que no hay agua. Así que con la ayuda de mi prima tuve que salir a buscar dónde me prestaran un baño.

Al regreso me llamaron para mi turno. Ingreso al consultorio,  le hago un recuento al médico que me atiende sobre lo que ha pasado y enfatizo en que ya son cinco días con dolor;  le muestro las sugerencias del cirujano particular al que había consultado, le explico cómo se ha agudizado y esparcido el dolor por todo el estómago, pero en su concepto el cirujano no tiene razón. El médico de urgencias manifiesta que el especialista debe estar equivocado, pues él no siente la masa que el cirujano encontró y finalmente diagnostica una gastritis, dado que yo señalaba que el dolor se irradiaba desde la boca del estómago. “Eso debe ser helicobácter” afirmó, a lo que yo le replico que no sufro ni he sufrido de gastritis, pero él insistió en que debía ser eso, así sin más.  En seguida me informa que un TAC no se autoriza por urgencias, hace gestos de desdén, como si no le importara en lo más mínimo lo que estaba ocurriendo y simplemente estaba cumpliendo con un procedimiento rutinario, ansioso de despacharme y llamar al siguiente paciente. Salgo del consultorio desorientada, insegura, sin comprender nada. El supuesto médico nota que camino con dificultad y dice “pero usted no estaba caminando así”, mi prima, que me acompañaba en el consultorio le contestó “ella lleva días caminando así por ese dolor, usted fue el que no lo notó”.   Me pasan a la sala de observación, me canalizan, me ponen suero y le aplican Omeprazol y Dipirona; comienzo poco a poco a rendirme y me adormezco.

Al despertar ya había comenzado el próximo turno. La médica siguiente escucha toda la historia, no me mira, ni me toca, está pendiente de la bolsa en la que le están trayendo el almuerzo y de su celular. Me sugiere pedir una consulta prioritaria, para el siguiente día. Entonces pasa otra noche más soportando el dolor, mientras mis familiares y amigos cercanos buscan la solución para hacerme el TAC.

A las 7:00 de la mañana acudo a la cita prioritaria. Ya es 12 de marzo y el dolor es aún más intenso. Me atendió esta vez un médico mucho más diligente, escucha con más atención, autoriza una ecografía e ir al hospital San Francisco de inmediato. Después de esa consulta, logramos conseguir la cita para el TAC, así que acudo, me realizan el examen y el resultado arroja que hay una “colección adyacente a asa intestinal, mal definida, que podría ser el apéndice… considerar apéndice perforada”. En otras palabras, el cirujano que recomendó el TAC tenía razón, mientras que para el médico de urgencias de Confyr su diagnóstico era errado y según su sabio criterio médico, simplemente una gastritis.

En el centro Diagnosticar, donde me realizaron el TAC, el doctor Oscar Mosquera me explicó un poco más sobre los posibles hallazgos del examen, pero se dificultaba un poco ver lo que sucedía pues tenía el estómago lleno de gases. Hace días no comía, el dolor  y malestar me lo impedían.

Muy amablemente los médicos del centro Diagnosticar contactaron a los médicos del hospital San Francisco y avisaron sobre mi situación. Me dirigí a urgencias del hospital San Francisco por segunda vez, ahora con más desconfianza y miedo.

Segunda estación: la cirugía

Pasadas varias horas en la sala de espera de urgencias, finalmente el cirujano de turno me atiende, hablamos sobre todo lo ocurrido y me anuncia que voy a cirugía de inmediato.

Lo sabía, lo temía, no obstante, al mismo tiempo esperaba una remota posibilidad que no fuese necesario operar, pero sabía que esa era la única opción. – ¡Me van a operar en el hospital San Francisco de Asís en Quibdó! –  pensé aterrada, eso me daba más pánico que el dolor que estaba sintiendo, ¿y cómo no? Como habitante de la ciudad, interesada en temas sociales y además ejerciendo como periodista, estaba al tanto de muchas situaciones e historias sobre el hospital nada alentadoras. No obstante, a pesar de mi condición quería luchar contra lo que podría ser un prejuicio (apelando al beneficio de la duda a un nivel extremo, arriesgado mi vida).

El cirujano que me atendió, fue muy amable, explicó con detalle el procedimiento a seguir, supo entablar relación médico paciente transmitiendo tranquilidad. Por mi parte, me aferraba a una certeza de que todo saldría bien, aún sin saber de dónde provenía, sólo no había lugar para desesperar.

Finalmente, cerca de las ocho o nueve de la noche, entro a quirófano. Creo que no hay para mi ningún otro lugar más aterrador que ese. Poco a poco los nervios comenzaron a aparecer, pero volví a sostenerme de la confianza proveniente de no sé exactamente dónde, de que todo saldría bien.

Despertar luego de la cirugía fue el primer alivio. – ¡Lo logré!, sigo aquí para acompañar a Marcus-, fue lo primero que pensé. Di gracias a Dios y confirmé el poder de tener fe, lo cual no necesariamente lo entiendo desde una perspectiva religiosa.

La cirugía fue una laparotomía exploratoria, el diagnóstico presuntivo: “apendicitis aguda”, la intervención: apendicectomía y liberación de plastrón apendicular más liberación de adherencias peritoneales. Los hallazgos: “peritonitis generalizada de cuadrantes inferiores…apéndice con múltiples adherencias y pérdida de la anatomía con compromiso infeccioso hasta el ciego…”, en otras palabras, como yo lo veo, me había estallado por dentro.

Estallé, me rompí, se me enredaron las entrañas otra vez. Pasaba por esos días momentos muy complejos, preocupaciones, angustias que me tragué y otras que por más que quise expresar, no pude. Sabía que algo andaba mal, sabía que estaba somatizando, pero no me escuché, me pospuse, lo sé y esta es una responsabilidad que debo asumir, porque la salud, el bienestar interior, es algo que bajo ninguna circunstancia se pospone. Sin embargo, esta responsabilidad tiene otra cara y ahí hubo una falla mayor: el sistema de salud.

Pasada la noche en la sala de recuperación, hubo que esperar hasta que hubiese cama. Luego de ser asignada la habitación una enfermera me trasporta desde la sala de recuperación, para mi sorpresa, al llegar a la habitación, me indica que yo misma debo pasarme a la cama. Así es, la camilla era muy alta y no bajaba, la cama era muy baja y no subía. Entonces debía desplazar lentamente mi cuerpo de la camilla hacia la cama. Ya ni sé cómo lo hice, considerando la intervención por la que acababa de pasar.

Al día siguiente con el corazón apretado escucho cuando me anuncian que debo volver a quirófano para otro procedimiento, el lavado quirúrgico, para limpiarme todo lo que se había contaminado por la peritonitis. Prácticamente otra cirugía. Tenía pánico, pero no dejaba que mi mente se enterara, en ese momento ella estaba al mando, – todo saldrá bien, nada va a pasar- me aseguraba.

A las diez de la mañana me llevaron al área de cirugía. Allí estuve, sentada en una silla de plástico hasta las ocho de la noche, esperando turno para mi intervención, pues debido a que estaba contaminada, pasaban primero las maternas (a quienes realizarían cesáreas) y otros pacientes. Así que ahí estuve, todo el día viendo el desfile de niñas y jóvenes embarazadas, jadeando sus dolores de parto, con caras de no saber en realidad a qué se estarán enfrentando, y me preguntaba ¿por qué tantas cesáreas a mujeres tan jóvenes (desde los 15 hasta los 26 años)? La cuestión era en ese momento un mecanismo para distraerme de la angustia, el dolor y el cansancio, pero no dejaba de inquietarme por otras razones.

Mientras tanto, mis familiares y amigos esperaban afuera una información que se les dio a regañadientes, de tanto insistir que les dijeran algo sobre mí, tras horas y horas de incertidumbre.

Tercera estación: la anestesia.

La primera vez en quirófano, traté de apaciguar mi mente para que no detectara en ese momento otro gran temor: la anestesia, pero esta ruta por la vía del dolor que venía recorriendo me puso otra vez a enfrentarme a ella, una especie de muerte controlada.

En la cirugía pasada la anestesia fue raquídea, con esta modalidad experimenté un cosquilleo en las piernas, hasta ya no poder moverlas. Esa sensación me fue espantosa. En la segunda vuelta al quirófano ya mi mente comenzó a flaquear. – ¿Y si siento todo, pero no puedo moverme?, ¿y si no puedo soportar el dolor?, ¿y si veo cosas que me asusten en un estado de semi – conciencia y no logre despertar? ¡Marcus! ¿qué pasaría con Marcus si no regreso? – ¡Basta! Respiro y vuelvo al más extraño estado de tranquilidad que haya sentido jamás. Una sensación parecida a la peculiar calma que sentí en el momento en que me anunciaron sobre la cirugía y en la primera intervención, pero aún más fuerte. ¿Fe? una fe robusta, diferente. -Todo saldrá bien- me convencí.

Crucé unas cuantas palabras con el personal del quirófano, no recuerdo cuáles. Ahora en esta oportunidad fue anestesia general. Saber que te dormirás sin darte cuenta y pierdes el control de todo, créanme, aun cuando sea para salvar la vida da pavor, pero no queda otro camino que soltar y eso en ocasiones me resulta difícil; sin embargo, no había otra salida.

Desperté escuchando las voces de la enfermera y el anestesiólogo, pero no podía respirar. “Mueve la cabeza”, me dijeron. No pude. El doctor retiró el respirador, pero no llegó aire, por lo que me invadió el miedo como un fuego caliente que me prendió hasta las orejas. “Tranquila, yo te ayudo”, dijo el médico; otro intento y ¡nada! – ¡voy a morir estando consciente! –  gritó mi mente enloquecida, pero el doctor volvió a poner el respirador, hasta que lo logré. “Le fue muy bien, ya la quedo todo limpio y la cerramos”, escuché, pero yo me sentía increíblemente mal.

Ahora sí había perdido las nociones de todo, me daba vueltas la cabeza, me dolía la garganta, me dolía la herida de la cirugía, me dolía estar pasando por todo esto.

Capítulo 2

La lucha continúa: el viacrucis en medio del deseo de revivir.

Cuarta estación: revivir en la ausencia del agua.

De vuelta a la habitación, luego de la segunda intervención, se repitió el procedimiento de la camilla. Me parecía de lo más absurdo tener que hacer semejante esfuerzo en esas condiciones. No obstante, a estas alturas había pasado por una cuestión de vida o muerte y la había superado. El dolor ahora era diferente, un dolor para sanar. Ahora ya era el tiempo de comenzar a revivir.

Dos días después de realizarme el lavado quirúrgico por la peritonitis, me dieron de alta. Por fin a descansar, al igual que todas las personas que estuvieron pendientes de mí en el hospital. Notaba su angustia por mí y me pesaba, lamentaba haberlos hecho pasar por una situación tan extrema. Me alentaba que por fin vería a Marcus, mi motor de vida, la fuerza que me obligaba a no parar.

Resulta que no pude volver a casa porque no había agua. Sí, en Quibdó, capital de un departamento de Colombia, no se cuenta con un sistema de acueducto y alcantarillado que preste esos servicios a la ciudadanía como deber ser. Así que en la casa en la que vivo nos abastecemos de agua lluvia, llenando el tanque subterráneo y bombeando hacia los tanques elevados. Pero por esos días reinaba la sequía y no había una gota de agua en los tanques. En esas condiciones no podría estar en mi casa.

En medio de tanto, pensar en ir a casa sin agua, podría parecer nimio, pero no, en serio, ¡no lo es! El agua es vida y vengo de luchar contra la muerte para encontrarme con la ausencia del recurso vital, ¿es esto realmente algo fortuito, algo traído por la casualidad? ¿estoy loca por pensar en estos momentos en lo mucho que incumplen los responsables por el bienestar de la ciudadanía con sus labores? ¡Rotundamente no! Acallé mi mente y volví a mi otra realidad, recuperarme, descansar.

Una amiga cercana a la familia nos brindó su casa, otro gesto más de bondad, cariño y solidaridad que agradecía en esta circunstancia. La red de apoyo que formaron mis familiares, amigos y compañeros de trabajo de la Radio Nacional de Colombia fue asombrosa. Estuvieron conmigo en cada instante y soportaron todo el peso de la situación, sin un atisbo de mezquindad. Y cuando digo que soportaron el peso, lo digo casi literal porque Francisco Palacios y José Mendoza, mis compañeros y familia de la Radio, con la ayuda de otro joven, tuvieron que subirme cargada sentada en una silla, al tercer piso a donde fuimos a hospedarnos con Marcus, mi tía que no me desamparaba, quien consiguió este refugio momentáneo y mi prima. A ellas gracias por ser los ángeles enviados para cuidarme con el alma (no es casual que ambas llevan por nombre esa bella palabra).

Una vez instalada esperaba ansiosa sentir un poco de calma, definitivamente ya era tiempo de comenzar a sanar.

Quinta estación: ¿me persigue el dolor?

La primera noche fuera del hospital no resultó como esperaba, tomé las medicinas como indicaba la receta, pero pasaba la noche y comenzaba a sentir el dolor en la herida. Tenía la impresión que el medicamento no hacía ningún efecto. A media noche no pude soportar, lloraba casi a gritos, la sensación que ahora invadía mi cuerpo era como si la abertura cosida desde arriba de mi ombligo hasta el pubis, se rasgaba lentamente. Desesperada llamé a familiares, a mi cuñado médico, a tía enfermera, a la esposa de mi papá, quien a esa hora tuvo que salir a buscar otro medicamento. Hasta hoy no comprendo cómo una pastilla de acetaminofén de 500 mg, que tomo esporádicamente para un dolor de cabeza, sirve igual para el dolor de una cirugía como ésta. ¿O me persigue el dolor? ¿Soy yo la que lo está creando todo?

Pasados dos días, el dolor se había vuelto intenso. Levantarme de la cama era traumático, estar sentada también, y ni qué decir de ir al baño. ¿Hasta cuándo por Dios? No sabía cuánto más podría aguantar, estaba perdiendo la paciencia, todo esto me estaba llevando al límite de la desesperación, al tiempo que notaba algo más: el lado derecho de la parte baja del abdomen parecía inflamado, extrañamente se había formado una especie de bulto en esa zona de mi cuerpo.

Sexta estación: la fiebre.

Pasé otra noche difícil.  A la mañana siguiente me sentía decaída, sin ánimos, no lograba encontrar el balance, ni terminaba de acomodarme en el cuerpo. Más tarde comencé a sentir que lentamente el calor me abrazaba de adentro hacia afuera. Le había pedido a mi hermano que me llevara un termómetro; 37.8 grados marcó el tablero digital, marcador que indicaba un pico febril. Y comenzó a subir.

Lo pertinente en esa circunstancia era consultar de nuevo en urgencias, pero no me sentía capaz de nada y el pensar en el esfuerzo para bajar las escaleras desde ese tercer piso, me desalentaba aún más. Fue a verme una médica particular, revisó la herida y advirtió que había signos de infección. Regresar a urgencias era inminente.

Séptima estación: la eternidad, el limbo o el purgatorio, cualquiera de ellos queda en urgencias.

Una urgencia es algo apremiante por lo tanto acudir a urgencias en un hospital supone una atención inmediata o lo antes posible mínimamente. Bueno, pues esta vez pasaron diez horas, ¡10 horas fue el tiempo que estuve en la sala de espera de urgencias del hospital!

Llegué a las ocho de la mañana, del lunes 18 de marzo. Esperaba ser atendida cuanto antes, al igual que las otras personas que se encontraban en la sala, algunas con cara de angustia más por la espera que por la enfermedad. Justo en ese momento, siendo casi las ocho de la mañana tuve que presenciar una situación infinitamente triste. Una bebé de tan solo un año murió en la sala de triage.

Mientras esperaba sentada en una rota y mojada silla de ruedas un grito devastador estremeció la sala. Era la madre de la bebé. Rápidamente el personal salió en busca del reanimador, pero a escasos minutos otra vez los gritos se sintieron hasta en la pintura de las paredes. ¡” No me diga que mi hija está muerta”! gritaba sin mesura la mujer, quien sin fuerzas caía al piso mientras el personal médico trataba de sostenerla.

En medio de la desesperación los familiares que acompañaban a los padres, lloraban, gritaban, entraban y salían de la sala. Entre gritos y lágrimas se supo que la niña llegó al hospital en muy mal estado, luego de haber sido atendida en Funvida, otra entidad prestadora de servicios de salud de la ciudad, donde fue ingresada inicialmente por una gripa. La niña nunca mejoró después de la consulta inicial, así que los padres la llevaron nuevamente, pero fue remitida al hospital, donde lamentablemente falleció a los pocos minutos de ingresar.

El llanto y desolación de la madre, la frustración del padre y los demás familiares que llegaron convulsionaron toda esa área del hospital. Luego del fuerte impacto de esta situación, sentí un profundo bajón de energía, me brotaban lágrimas de forma incontrolable, me invadió la tristeza por la pequeña y su familia y el miedo comenzó a incrementar. Pero sabía que debía controlarme. No obstante, no podía dejar de pensar en los cientos de casos de personas que se complican o que fallecen por la forma tan precaria en que se prestan los servicios de salud en este departamento. ¿Qué más tendrá que pasar para que a alguien en verdad le duela todo esto?

Minutos más tarde de la muerte de la niña pasé a la sala de triage. Me impresionaba como todo debía seguir como si nada, me impresionaba que tanto el médico como la enfermera que atendieron el caso de la bebé no podían tener un tiempo para restablecer la calma ¿acaso se supone que ellos no sienten nada? Ingresé a la sala y el olor a miedo, nervios y tristeza me dio una bofetada.

Capítulo 3

Entre la remisión y la vida.

Octava estación:  la infección.

Tras la larga espera, a esa altura de la noche ya no era un asunto de paciencia sino de resignación. Así es acá, así funciona, pasas el día entero en la incertidumbre, a la espera, a solo unos cuantos días de una cirugía en una situación de verdadero riesgo, soportando la tensión, la incomodidad, el cansancio, encima del dolor. No me quedaba otra opción que respirar y esperar.

Por fin el cirujano llegó para revisarme, destapó la herida y me explicó lo que encontró. Resulta que la inflamación que notaba en el lado derecho del abdomen sí era algo, un seroma. Me explicó el médico que un seroma es una acumulación de agua y la grasa que se derrite en el abdomen al realizar el lavado quirúrgico; que no es infeccioso, pero es necesario drenar y hacer tratamiento con antibióticos, por lo cual tendrán que internarme de nuevo.

En ese momento era un poco confuso todo, pero las explicaciones del médico me brindaron tranquilidad. Ahora debía esperar a ubicar una cama para proceder con la hospitalización. Mientras esperaba me llamaron de nuevo a la sala de triage; la enfermera y se sorprende al verme, “¿Norma? Hace poquito estuviste aquí, ¿qué pasó?” La recordé de inmediato, fue la enfermera que me atendió la primera vez que fui a urgencias, cuando me instalaron la sonda nasogástrica. – Pues aquí estoy de nuevo, operada porque nunca se me quitó el dolor, pero aquella vez me mandaron a casa- contesté. No imaginaba en ese momento lo que se avecinaba: el drenaje del seroma consistía en apretar la herida hasta extraer el mayor líquido posible. ¡Fue más que horrible!

Gritaba sin censura y no sé de dónde sacaba fuerzas para resistir más; me sostuve del brazo de la esposa de mi papá, y debí dejarle estampadas mis huellas dactilares, hasta que ya no puede y rogué con lágrimas en mis mejillas que por favor se detuviera. Mi mente divagaba, trataba de entender por qué estaba pasando por tanto, al mismo tiempo que me sorprendían las distintas formas en el que el dolor se puede manifestar en el cuerpo. ¿Cómo un cuerpo puede librar tantas batallas, siendo tan frágil? ¿Cómo algo tan frágil puede a su vez ser tan fuerte? Por ratos sentía plena consciencia de la existencia de entidades distintas: el cuerpo, la mente, el alma. Era como si sintiera que cada una iba por su cuenta, luego se unían y volvían a separarse.

Tras esa primera sesión de drenaje mi mente no quería volver al cuerpo y no sabía qué de tanto podía lidiar mi alma. Regresé a la sala de espera, casi sin fuerza, en medio de un silencio angustioso, notando en los rostros de las personas presentes visos del estrés generado por mis gritos.

Novena estación: la habitación

Una vez fue liberado el espacio me asignaron una cama en la habitación 104 del pabellón de cirugía general. Ya eran cerca de las nueve o diez de la noche, hacía calor y yo sólo quería descansar.

Mamá Alma tendió la cama sin poder dejar de advertir el mal estado en que se encontraba, asunto que resulta relevante puesto que lo mínimo que se espera en esta situación es estar en un espacio cómodo, limpio, agradable, en una cama presta para descansar y restablecer el cuerpo.

Nada de eso, esa noche casi me acaban los zancudos. ¡Zancudos! Encima de tanta cosa tener que lidiar con zancudos, era casi desesperante. Volvía la sensación de separación y unidad simultánea entre cuerpo, alma y mente. Me esforcé por integrarlas para enfocarme en sanar, pero no podía dejar de advertir las condiciones en general del hospital.

Sin desconocer que parte del personal médico y administrativo realmente hace un gran esfuerzo, es injusto endilgarles responsabilidades que le corresponden realmente al sistema nacional de salud, como a las autoridades de la región (y preciso que esto no es cosa de hoy, sino desde el momento mismo en que el virus de la corrupción infectó al primero, pasando por el desfile de modalidades para desviar los recursos del Estado, muchos de los cuales nos los hemos bailado, ya saben dónde y en complicidad a favor de quienes), sumado a muchas otras problemáticas, pues la debilidad institucional en el Chocó no es un tema sólo de corrupción, como el tema de la corrupción no es sólo un asunto del Chocó. No olviden que hemos sido y somos una región satélite, de donde lo bueno se extrae para beneficio de los de afuera, en detrimento de nosotros.

La Nueva E. S. E. Hospital Departamental San Francisco de Asís es el único hospital de segundo nivel que atiende a todo el departamento. ¡Todo el departamento! Eso es casi que inaudito, 46.530 kilómetros cuadrados en una geografía bastante compleja, con pocas vías y la mayoría en mal estado, con condiciones climáticas también difíciles, con una población de cerca de 500.000 habitantes, ¡un solo hospital! Sólo en esta circunstancia realmente alcancé a dimensionar toda esa situación, tras haber experimentado largas horas de espera en la sala de urgencias, viendo cómo llegan personas de todas partes que deben aguardar su turno, una cama, un especialista que no está porque está ocupado o no ha llegado de otro trabajo; personas acostadas en colchonetas en el piso, personas probablemente con condiciones mentales que ameritan tratamiento específico que andan deambulando entre la sala de espera y otras zonas de la entidad sin ningún tipo de acompañamiento o vigilancia. Gente que llega de lugares recónditos, atropellados más por el desgaste de llegar hasta Quibdó que por su mismo padecimiento y así enfermos, cansados, angustiados, unos en peores condiciones que otros, pero al final llegar a padecer las malas condiciones del hospital.

En la habitación puede quedarse un acompañante, que tendrá que pasar la noche en el piso o en una silla. Ver a mi tía rendida de cansancio en una silla de plástico toda la noche, mientras de momento intentaba espantar los zancudos, despertarla para ayudarme a ir al baño o para sostenerme en un par de momentos en los que me derrumbé y lloré o darme la mano, aun cuando ambas tuvimos miedo (como cuando se presentó el temblor el 23 de marzo, mientras estaba acostada en la cama sentí tan fuerte la sacudida que temí que el hospital entero me cayera encima) era realmente inaudito.

Entre los zancudos, el calor, el dolor, los medicamentos, es difícil conciliar el sueño. Me despertaba alrededor de las cuatro de la mañana, aproximadamente a las cinco me levantaba para bañarme.  Cuando fue la hora del baño, me encontré con un espacio absoluta y evidentemente mal diseñado, cosa que puedo determinar sin tener conocimientos de arquitectura, pero por sentido común no se puede negar. Mi compañera de habitación lo usó primero, así que, al momento de mi turno, me encontré con un gran charco de agua que no sé cómo se filtra de la ducha hasta el área del inodoro. La salida del baño tiene una inclinación que junto al agua que se filtra de la ducha es un total peligro para pacientes recién operados, que deben caminar con mucho cuidado. Es pequeño, oscuro y las lucen no estaban funcionando.

El aseo que se realiza en las habitaciones es insuficiente, no deja siquiera sospecha a limpio, al contrario, se levanta y agudiza una especie de mezcla entre límpido, enfermedad, mugre y abandono.

Rotundamente y sin temor a equivocarme sostengo que esas no son las mejores condiciones para sanar. El paciente lo ve, los acompañantes lo ven, los visitantes lo ven, las enfermeras lo ven, los médicos lo ven, ¡todos lo saben! Pero como tantos otros temas en el Chocó, eso es lo que hay, un sistema que nos falla en la cara, sin que nadie haga realmente nada.

Décima estación: el calvario por una remisión.

Mis familiares y cercanos abogaban por una remisión, había que salir de allí, había que buscar sanar en condiciones más dignas. Aunque pareciera fácil de decir, me duele expresarlo pues tengo un compromiso adquirido conmigo misma de ser portadora de las cosas lindas de mi región, de su potencial, de su cultura y de los talentos que muchos que solos y en silencio luchan por destacarse, por crear, pero no puedo dejar de reconocerlo, el hospital está más que mal, registrando que ha estado peor.

Desde el primer momento en que comenzó todo este viacrucis, ninguno de mis cercanos quiso que fuera allá para ser atendida, lo mejor era haber salido de la ciudad, haberme ido a Medellín urgente, en busca de una prestación más segura de un servicio que es un derecho fundamental. ¿Alguien puede juzgar o señalar despectivamente eso? Mi intención no es hacer quedar mal a nadie, aquí el punto es que, en temas de salud, estamos en riesgo todos.

Hace poco tiempo un joven jugador de baloncesto de nuestro equipo orgullo, Cimarrones del Chocó, murió por un aneurisma cerebral. En el Chocó no hay un solo neurólogo. Grandísimo dolor la pérdida de Hernán Felipe Sánchez Mosquera, nuestro “Sherman”.

¿Pueden siquiera imaginarse una cifra de personas que no tienen ni asomo de oportunidad de costearse un servicio privado por acá y mucho menos fuera de la región?

Pasados tres días de estar hospitalizada, un nuevo cirujano hizo ronda inesperada y afortunadamente bien temprano, a las 5:00 de la mañana. Me revisó y confirmó que la herida estaba infectada. Sentí que me derrumbaba. Entendía que mi condición médica era delicada, no obstante, el riesgo mayor ya había pasado y me encontraba en un estado tratable. Pero era ya demasiado, había pasado por mucho y para colmo no podía comprender cómo estando en el hospital, siguiendo un tratamiento con antibióticos, aunque el seroma no es infeccioso como me explicaron, con las curaciones como se había ordenado, resultaba la herida infectada. ¿Qué podía pensar después de tanto?

Era hora de luchar por la remisión. Se había iniciado el trámite, el cual había sido aceptado por el hospital bajo una salvedad: la remisión es solicitada por el paciente y no por concepto médico; de esta forma era más que obvio que la EPS no aceptaría y no otorgaría ninguna autorización para remitirme. Por mi labor como periodista en CNC un canal de TV local, conocía numerosos casos de esta agotadora lucha, varios de ellos con resultado fatal. ¿Cuántos de los nuestros hemos perdido a la espera de una remisión?

Pero este trámite es uno de los más apretados nudos de todo el enredo que es el funcionamiento de la salud en este territorio. Las EPS no pagan a las IPS, por lo que no reciben a los pacientes remitidos pues no tienen certeza de recibir el pago por los servicios que han de ser prestados. De otro lado los médicos autorizan las remisiones “por solicitud del paciente y de los familiares” no por razones médicas, y en algunos casos han de tener razón, pero los pacientes y en especial los familiares se desesperan al ver a sus seres queridos expuestos a tantos riesgos y a la desconfianza que a simple vista el hospital genera. ¿Quién gana la lucha contra las EPS en este país? ¡Son la mismísima infección!

Dada la infección el nuevo cirujano que me revisó, replanteó el tratamiento, cambio medicinas y dio orientaciones para las curaciones. Horas más tarde se enteraron del tema de la remisión dado que el hospital recibió una alerta por parte de la Superintendencia de Salud. Tras tantas cosas ocurridas, había que escalar el problema y para eso conté con el apoyo y solidaridad decidido de las directivas y compañeros de la Radio Nacional de Colombia. Era necesario hacer presión, era necesario alzar la voz, era necesario encender una alarma, máxime cuando recientemente habíamos perdido a un compañero, Mauricio Orjuela (Q.E.P.D), en una situación muy parecida a esta. ¡Infinitas gracias a la magia de la Radio!

El personal médico y administrativo del hospital era enfático en que la remisión no era necesaria, sin embargo, lo dejaban en mis manos, es decir que la remisión se autorizaría, pero aclarando que no por razones médicas. No son razones médicas haber pasado por tanto, no son razones médicas estar en ese sitio que no se sabe si está a medio caer o a medio construir. En aquel momento no estaba cuestionando la capacidad del médico ni su profesionalismo, por el contrario, me dio una buena impresión desde que llegó a hacer su primera ronda muy temprano a las cinco de la mañana; pero con todo y eso la desconfianza hacia el hospital en general y a la prestación del servicio no la podía negar.

Finalmente accedí a tener una reunión con los médicos y el gerente del hospital, con la supervisión de la Superintendencia de Salud, en la cual acordé continuar con el tratamiento en esta institución, aunque de forma astuta se pensó en algún momento sugerirme aceptar el alta voluntaria, (algo así como: si se quiere ir váyase y usted verá) porque no aguantaba más desgaste. Necesitaba reorientar mi energía y enfocarme sólo en sanar.

Capítulo 4

Soltar para sanar.

Décimo primera estación: la curación.

Después de 10 días del nuevo tratamiento por fin regresé a casa. Esta vez ya había agua así que pude volver a mi espacio. Estaba bastante mejor, la herida ya no mostraba signos de infección. Así que fui dada de alta con la indicación de realizar curaciones diarias por 15 días.

Las curaciones son cubiertas por la E.P.S., así que realicé el trámite de autorización y ¿qué me encuentro? El servicio de curaciones es prestado nada más y nada menos que en Confyr. ¡Ja! ¡El sistema de salud es un mal chiste, pero él es que se ríe de nosotros en nuestra cara!

Mi reacción fue de rechazo, ¿cómo iba a querer volver allá?  Seguramente al hacerme una curación resultaba contaminada por una gastritis espacial. Pero a pesar de mi resistencia, luego de una conversación que me calmó, acepté ir. Realmente era necesario que lo hiciera.

Llegué al lugar, al dirigirme hacia la sala de curaciones vi de reojo al médico que me diagnosticó gastritis. Sí, él mismo, el doctor “helicobácter”. Inhalé profundamente, exhalé fuertemente y continué.

A los pocos minutos de que la enfermera comenzara con la curación el médico, sin razón aparte, entró en la sala. No pude aguantarme, tenía que decirle algo – Amiguito mire en lo que resultó su helicobácter – le dije “Eso es normal”, contestó, mientras se asomaba para ver la herida abierta pues dada la infección se recomendó retirar los puntos para una mejor limpieza.  Por un segundo esas palabras no tuvieron sentido en mi cabeza, pero me resonaron, – ¿normal?, o sea, ¿es normal que una gastritis termine en una peritonitis?-  respondí.  “Sí, es que usted ya había consultado seis veces por gastritis, a mí me llamaron del hospital cuando la operaron. Pero es que eso puede pasar”. La sala me comenzó a dar vueltas y sentía que me salía fuego por las orejas y los ojos. El corazón me palpitaba en la cien y en la garganta. No lo podía creer, ¿era en serio que estaba escuchando eso?

La esposa de mi papá que me acompañó en todo el proceso y además es enfermera le replicó enfática “¿Doctor usted va a decir que es normal que una persona consulte por gastritis y resulte en peritonitis?, ¿Y no se les ocurre pensar en ir más allá cuando una persona viene con un dolor tan fuerte y no se le pasa?, ¿pero cómo gastritis?, mire que el resultado fue una peritonitis, hay gente que ha muerto por eso”. Con los ojos bien abiertos y expresión de yo no fui el médico contestó: “Sí eso es normal, eso puede pasar y sí ha habido casos de muerte, eso pasa. La otra vez vino un niño que había consultado 15 veces por gastritis y lo operaron de apendicitis”. Intentó dar no sé qué explicación sobre su argumento de la gastritis, pero mi cerebro se negó a escuchar y afortunadamente se interrumpió la conversación y el doctor gastritis abandonó la sala.

Definitivo no iba a ir durante 15 días a ese lugar y encontrarme con esto todos los días. ¡Cuánto descaro! Cuánta insensibilidad, cuánto de todo y nada bueno. Opté por las curaciones en casa, así tuviera que pagar por ellas.

Ese día, horas más tarde, enfurecida hice una publicación sarcástica en mi muro de Facebook, diciendo que si van a Confyr sepan que lo que sea que les duela será gastritis y les darán Dipirona.

En horas de la noche la persona con quien había acordado realizar las curaciones, me canceló porque le habían comentado que estaba rodando una publicación en redes sociales en donde hablaba mal de Confyr y ella tenía colegas que trabajan allá y ellas estuvieron hablando sobre el caso y verían muy mal a la enfermera que me ofreciera sus servicios.

En primer lugar, no sé cómo trascendió hasta allá ese comentario de Facebook, en segundo lugar, ¡el colmo! ¿O sea que, si un usuario manifiesta una inconformidad con una entidad prestadora de salud, y más específicamente con un médico, las enfermeras deben respaldar al médico sin tener en cuenta la experiencia del usuario y además escalar eso a asuntos del mundo privado de sus colegas? ¿La idea no sería hacer algo por evaluar y así mejorar la prestación del servicio para que el usuario inconforme cambie el concepto negativo?

Aun así, atrapada en el sistema, debía continuar para sanar, ya era hora de soltar.

Soltar para sanar

Comencé las curaciones en casa con una buena enfermera, quien me ha tratado con mucha delicadeza y buena voluntad. Contando con la compañía de mi hijo, que con sólo ser lo sana todo; mi tía mamá Alma y sus cuidados, en especial la alimentación, las agüitas de hierbas naturales, sus oraciones y demás atenciones; mi prima Almita quien tuvo que asumir parte de mis tareas de casa; mi tío Roberto que se encargó de trámites y otras diligencias, igual que Papé Agucho, otro tío; las visitas de gente a quien quiero y que me quiere, los que pudieron venir  a casa a visitarme y los que llamaron, enviaron mensajes, llamaban a mis familiares; mis compañeros de la Radio, atentos desde el primer momento a colaborar en todo lo necesario; colegas de otros espacios;  mis amigas quienes me ayudaron a hacer vueltas, me trajeron libros, hierbas, frutas abrazos, conversaciones. ¡Tanto, tanto, tanto amor! La única fórmula infalible para toda cura es el amor.

Cuando olvidé eso fue cuando estallé. Caí en la trampa del ego y me vi atrapada en mi mente. Dejé de escuchar a mi corazón, dejé de fluir. Estaba invadida de estrés por asuntos de trabajo, de dinero y emocionales. Necesitaba hablar y no lo hice, necesitaba cortar con temas que me estaban generando inseguridad y frustración, pero no lo hice, me puse en segundo lugar, sabía que estaba somatizando, llevaba varias noches sin poder dormir antes de que me comenzara el dolor, sentía mareos y otra cantidad de señales me avisaban que algo andaba mal, pero omití todo, aplacé varias veces consultar al médico, al mismo tiempo que aplacé y evadí asuntos que me estaban causando daño. Eso es dejarse de amar. Convertí mi mente en una bomba de tiempo, no pude contenerla y mi cuerpo no tuvo otro remedio que gritar.

Así que luego de haber pasado por lo peor, ya era el momento de regresar a mí. Sabía que para sanar mi cuerpo debía empezar por dentro. Dejé de pesar en el tormento de todos aquellos días, dejé de esperar respuestas que no llegarían, dejé de afligirme con silencios y ausencias de personas que creía estarían conmigo en estos momentos; sobre todo dejé de sentirme como víctima y tomé decisiones; principalmente decidí agradecer por la vida.

Ahora estoy lista para comenzar, la vida que merezco me espera.

En memoria de Wilson Serna, amigo de amigos y conocidos, quien siendo diagnosticado con gastritis, falleció por peritonitis y en memoria de la pequeña bebé de un año que perdió su vida injustamente por presunta mala atención, como tantos, miles que han padecido terribles experiencias en medio de la búsqueda del restablecimiento de su salud. A los miles de chocoanos, en especial los de las zonas rurales más apartadas, las comunidades indígenas, que no tienen ni la más remota posibilidad de afiliarse a una E.P.S., y mucho menos tienen como pagar por un servicio de salud y están completamente desprotegidos. Esta historia es sólo un primer paso.

Gracias a Dios, la fuerza, la vida, el universo, JAH, los Orishas (soy hija de Orunmila), a mi mamá y mi papá en la eternidad, a mis antepasados y mis ancestros, por no dejarme sola y regalarme otro tiquete de regreso.

Gracias A Marcus, mi hijo, maestro, mi gemelo, el amor, mi motor, el sol que me acompaña y me hace brillar como la luna.

Gracias a mi Familia, por ellos soy todo. A Mama Alma por ser la columna y Almita por su presencia en este momento de la vida. Al clan de las primis, mi tribu natural. A mi hermano, su esposa  y mis sobrinas Kathe y Alice.

Gracias a mi hermanita Oneida por enviarme de rescate a su mamá, Francisca Palacios, su apoyo fue crucial. Gracias a ambas por una vida que nos une más allá.

Gracias a mis espejos Janeth y Anny. ¡Las amo!; a Loretta y Bamba, mis poderosas. A Margarita Vizcaíno, mi gemela del alma, gracias por ser my team.

Gracias a Dora Brausin y Lorena Vega, de la Radio Nacional de Colombia por hacerme sentir protegida, respaldada, acompañada; a Francisco Palacios, Juan Gabriel Torres y José Méndez, mi equipo de Chocó, por soportar mi peso (literal) y hacerse cargo de todo por mí (la Radio está seguro con ellos); Nataly Ramírez, a Jaime Andrés Monsalve, Deysa Rayo, Luisa Piñeros y todo el equipo de esta gran familia.

Gracias a Maruja Uribe, al doctor Wilman Yurgaky, Martín Sánchez, doctor Jorge López, doctor Oscar Mosquera, Melissa Jaimes, por la voluntad al servicio, por la amistad y los lazos familiares, los lazos que nos unen en forma de solidaridad y amor por ser de este territorio.

Gracias Stephan Nebel, Yeison Moreno, Roberto Gutiérrez (TycoAmor), Cristian Gallego, Hames Roa (Didi), por estar ahí.  A Lyda Batistta, Leandro Hoyos, Mauricio Castaño, Lina Grisales, Mariana Peñuela, Patricia Posada, Wendy Lozano, gracias por ser mis amigos de la vida.

Gracias Osvaldo Moreno, Andrea Estrella, Hernando Moreno, la voluntad e intención por apoyarnos como colegas, como seres humanos.

Gracias a Luz Amparo la enfermera que me cuidó por las noches en el hospital, pasando las noches en el piso y al personal médico que hace su trabajo con amor en medio de tantas carencias y dificultades en ese lugar.

Gracias a los colegas de ONU Mujeres Javier Blanco e Israel Aguado, por la presencia y mantener el respaldo.

A todos los que llamaron, escribieron, enviaron saludos, preguntaron por mí, me tuvieron en sus pensamientos, pero no pudieron llamar, escribir o venir a visitarme.

A quienes se alejaron, gracias también.

Gracias a ustedes por leer. ¡Bendiciones en salud para ustedes!

Gracias a mí por sobrevivir.

¡De milagro estoy viva! Mi viacrucis por un sistema que te rompe por fuera y por dentro
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